2 de abril. Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de las Malvinas.

¡Buenas!



            En el día del Veterano y de los Caídos en Malvinas conmemoramos a todos los que pusieron el cuerpo en defensa por un territorio arrebatado y ocupado por la fuerza.
¡ Honor a nuestros héroes y por siempre Argentinas!



Venezuela rechaza reforzamiento militar británico en Malvinas ...




               A continuación les comparto un relato de la escritora argentina María Laura Dedé, que realmente merece ser leído. Particularmente me emociona hasta las lágrimas.




EL CUERPO


            Apenas entra al departamento, Catalina pisa un avioncito. No lo rompe; el avión dice cuac y vuelve a inflarse, porque es de goma. Catalina sonríe mientras lo levanta. Se ve que Omar está animado -piensa-. Se ve que hoy, en algún momento, bajó la caja de los juguetes de cuando era chiquito, la que estaba arriba del armario.
            En esos veinte años, ella nunca había dejado a nadie tirar ni regalar los juguetes de su hijo, y ahora él por fin los disfrutaba. Ella tampoco había tocado nada. Bueno, a decir verdad, mientras él estuvo en la guerra, alguna vez abrazó un pulóver o una remera para sentir su olor. Como ahora hace con el avioncito. Se lo acerca, entonces nota que tiene algo escrito. "Boeing 747 - Antártida". Es la letra de su hijo, sí. La de ahora, la de Omar de veinte años que por fin, después de un año, aceptó tomar la medicación y tiene esa nueva letra, levemente temblorosa. Boeing 747. El nombre del avión que lo había llevado a Malvinas.
            Su hijo ahora está mejor, piensa Catalina. Ya no grita "¡Fuego!" en la mitad de la noche ni come manteca sola con las manos. Y gracias a que él está mejor, ella puede volver a trabajar. Eso le da tranquilidad, porque es el único sustento de la casa. La pensión de su hijo como veterano de guerra aún no llegó, aunque hace un año la prometieron.
            Catalina entra a la cocina y abre la heladera: la ve más vacía. También las alacenas están vaciadas, con las puertas abiertas de par en par. Por fin a Omarcito se le abrió el estómago sonríe Catalina mientras cierra las puertas sin hacer ruido, porque, a juzgar por el silencio, su hijo estaría durmiendo.
            Catalina sale de la cocina y entra al living. Es un departamento alquilado, de tres ambientes, para ellos alcanza. Ella lo va manteniendo bien, pero ahora ve que es un caos. La caja de herramientas está desplegada sobre la mesa, y todos los almohadones (los grandes, los chicos,todos) forman dos montañas en el suelo. En la cima de una, ve la primera carta que le había enviado Omar desde las islas.

Hola, mamá, estoy muy contento. Me estoy haciendo amigo de mis compañeros. Jugamos a las cartas esperando a los ingleses. Algunos dicen que no van a venir, pero yo quiero que vengan para defender a  la Patria. Te extraña, tu hijo Omar.

La segunda carta fue distinta. Se la acuerda de memoria.

Hola, ma. Te extraño. Algunos compañeros a la noche lloran y gritan el nombre de sus mamás, pero yo prefiero escribirte, aunque todavía no haya recibido noticias tuyas. Tampoco la bufanda que habías empezado a tejer. Si podés, también mandá chocolate. No llega comida y hace mucho frío acá. Un compañero se cortó un dedo del pie porque se le había congelado. Dormimos sobre el barro. Te extraña, Omar.

             Nunca entendió por qué no le llegó ese paquete, si ella había puesto el nombre de su hijo bien clarito. Omar Sánchez, quinto Regimiento. La bufanda era azul. Pero ahora Omarcito está en casa, piensa Catalina. Aunque haya sacado la tierra de las macetas y la haya volcado sobre la alfombra. Aunque haya escondido toda la comida de la casa abajo del sillón. Aunque haya raspado círculos en la madera y haya dejado ahí piernas, cabezas y brazos de muñecos mutilados y quemados. Aunque haya estaqueado a tres peluches en el piso, como cristos, con un sadismo enemigo. Aunque haya puesto barro en el pasillo que lleva a su habitación, desde la que se escucha un sollozo.
La madre no lo piensa; abre la puerta y entra.

-¿Omar?

             El parqué de la habitación de Omar está arrancado y el cemento que se ve abajo dibuja una tumba. Algunas de las tablas sueltas, unidas con clavos, forman la cruz. Ahí mismo, con la cara embarrada, arrodillado en el suelo, inclinado, Catalina ve a su hijo. Lleva en brazos a alguien que tiene puesto su casco. Alguien con cabeza de almohadón, cuerpo de sábanas.

-¿Omar?- le pregunta ella.

         Omar levanta su mirada roja, extiende sus brazos, le muestra el cuerpo.

-Omar murió, mamá. ¿No lo ves...? Omar está muerto.

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